Crónica del viaje a Perú: 1ª Parte.

Con más de 20 horas de autobús a la espalda, conseguimos por fin atravesar la Cordillera de los Andes y llegar a nuestro destino, que no era otro que la antaño capital del imperio Inca, la ciudad de Cuzco.

Ciudad que como principal característica podemos decir que se encuentra a mas de 3400 metros sobre el nivel del mar, siendo uno de los más usuales males conocidos por el visitante el “soroche” o mal de altura.

Cierto es que no nos aquejo en gran grado, pero hasta los más atléticos de nuestra expedición experimentaron esa fatiga continua que te perseguía por las calles.
Para combatirlo, los autóctonos recomendaban la para ellos sagrada hoja de coca. He de confesar que pronto sucumbí a los encantos de este remedio y me convertí en un ferviente consumidor de mate de hoja de coca, el cual a partir de este momento sustituiría al café durante el resto de mi viaje por el Perú.

Pronto nos pusimos en contacto con los practicantes del mester en estas tierras y fue así como nos pusimos en las manos de la Tuna Universitaria Andina de Cuzco.

Grandes conocedores de los soportales y chaflanes de su ciudad, pronto nos llevaron, desde la Plaza de Armas, a uno de los mesones más sórdidos de la urbe. Allí, para poner a prueba nuestros aguerridos espíritus y combatir los males del frió y de la altitud, nos convidaron a su famosos “Licor de 32 hierbas”.

Pasada la madrugada fuimos de ronda por las coloniales calles y algunos de los más valientes terminaron saludando al sol inca bailando los “huaynos andinos”.

No fue así mi caso, ya que en previsión del los preparativos del viaje, fuimonos uno de mis compañeros y yo a fin de escondernos del amanecer.

Y pareció que esto último no les gusto a los dioses incas, ya que a nuestro despertar nos castigaron en forma de agua.

El apartamento en el cual nos hospedábamos amaneció inundado bajo medio metro de agua procedente de una cañería rota.

Imaginad nuestra confusión, que acrecentado por la toma e ingesta de “licor de 32 hierbas”, nos produjo la situación. Las maletas flotando, los jubones y las calzas empapados, la policía en la puerta sin saber qué hace y solo fue la diligencia de maese Otilio, que junto con los que ostentaban el titulo de llanos (los más jóvenes), consiguieron achicar el agua en tiempo récord solo con algún refriado ocasional como prenda en servicio.

No quedo ahí la cosa ya que con toda la confusión, perdimos nuestros pases y visados para poder visitar las ruinas de la ciudad inca de Machu Picchu.

Sin embargo, nuestro amigo Condorito, tuno con lengua de plata donde los haya, nos ayudo a maese Minero y a un servidor a solucionar este punto no sin antes, carreras a las autoridades, visitas al aeropuerto, peleas con funcionarios y batallas con la señal de Internet.

Contra todo pronóstico, la madrugada del tercer día estábamos los catorce listos para emprender los caminos hacia Machu Picchu.

Cargados de ilusión, alegría, parcos macutos y bebidas espiritosas partimos con un café en el cuerpo hacia la primera escala de la ruta. El pequeño poblado de Ollantaytambo. Asiento de un de las más bonitas ruinas que adornan el valle y punto de partida del tren hacia Aguas Calientes, segunda etapa de esta ruta.

Cuentan que el vieja que lleva sobre las vías del tren a través de los andes es una de las rutas más bonitas por recorrer. De esta guisa, el viajero puede  disfrutar de un paisaje que va desde la serranía hasta la jungla maravillándose con las visiones y los olores mientras revisa sus notas, escucha música o comparte este tramo con sus compañeros.

Digo que es lo que cuentas, ya que nuestro presupuesto de estudiantes solo nos basto para acometer otra ruta alternativa, más larga y sinuosa en una pequeña furgoneta que compartimos con unas aventureras turistas brasileñas.

Llegamos de esta forma Aguascalientes al anochecer (tras una caminata de 10 kilómetros desde donde nos dejo la furgoneta… el presupuesto mandaba) y bajo la sombra y el cobijo del Huayna Picchu dormimos antes de afrontar la última etapa.

Esta última etapa consta de una ascensión de un kilómetro vertical por medio de las antiguas escaleras que usaban los incas, dura e inclemente, pero termina en una de las grandes maravillas construidas por la mano del hombre.

De este modo concluye la primera parte de esta Crónica.

Con la Tuna de Derecho coronando las cimas del Machu Picchu en una nebulosa mañana a la que siguió un medio día de sol radiante donde nuestras almas de aventureros se saciaron del misterio y la historia que emanan de las ruinas de la esquiva ciudad inca.

Nos esperaban las ciudades de Arequipa y de Lima, donde teníamos que demostrar que la Tuna de Derecho de Madrid estaba donde tenía que estar.

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